RONALD ARQUÍNIGO VIDAL
Escritor de Lima, Perú
Feliz Cumpleaños
A Lady y Blanca, con aprecio.
Esa mañana de setiembre no presagiaba otra cosa que un cumpleaños sola, sin nadie que la cubriera de abrazos y besos cálidos, o alguna llamada que indicara que era importante al menos para una persona en el mundo. Creía encontrarse sometida a la soledad, a su prestigio de abandono, a la compañía de una música bárbara que brotaba de su ventana, ese ruido de la calle y las gentes que pasaban en la puerta de la casa sin la persistencia de un amigo de siempre. Solo personas de tránsito, pasajeros en un no lugar, y donde el suyo, su espacio, solo estaba reservado para el silencio y el abandono abruptos. El veranillo asomaba en las cálidas cortinas de su ventana. La ciudad de Santiago solía amanecer fría, sin sol, obligando a los parroquianos al abrigo en gruesas ropas de invierno, pero esta vez, el sol reverberaba sobre la ciudad, y las calles indicaban un cierto júbilo discreto. Lady tenía encendida una radiola antigua. Sonaba bajito Lucho Gatica. Aunque la luz de la mañana despertaba cierta impresión de optimismo, las sombras que se internaban en los rincones de su habitación le imprimían a su espíritu una calma parecida a la reflexión pesimista. Aún permanecía en la cama, cubierta por las sábanas moteadas. El perfume que abrigaban las sedas de alcanfor, tenía la exquisitez, la frescura y la tibieza de sus fragancias femeninas, del aroma que acariciaba su cuerpo pequeño, de mujer hermosa. Pero su aliento indicaba un olor a rones y cigarros, producto de la mala noche anterior. Mientras seguía sonando la voz gruesa de Gatica en la radio y el vertiginoso vuelo de su memoria encontraba aires sombríos, ella recordaba lo que había sucedido en el bar La Santiagueña. Era una mujer sola frente al mundo, solía repetirse. Una mujer pequeña, bonita, pero sin optimismo alguno. Su rostro era bello, sus ojos grandes, sus labios rojos y gordos, y cejijunta. Pero sus modales no le quedaban. Algo tanática, amante de la soledad, la luna y las nubes negras, además del mar encrespado que en las noches se enlutaban, Lady tenía la incorrecta percepción de que la búsqueda de una razón de ser se encontraba en el silencio perpetuo de la muerte. En el bar, había hombres bebiendo, gesticulando historias crudas de sexos arrebatados, lances amatorios de bestias que sobre una cama se encuentran en una riña de sangriento placer y sobresaltos. Era así, siempre. Hombres solos, o mujeres demostrando que también se puede ser puta y con dignidad. Se acercó a la barra y pidió una copa. El ron quemó sus labios. Recordó cuando Ignacio le decía: “Que besos, Lady, cariño, tus labios me queman como el ron. Me embriagan”. Pero era ya un pasado enterrado en su vida. Encendió un cigarrillo y esperó el primer efecto de embriaguez. Estimaba que era la medianoche, porque la avenida que asomaba por un ventanal negro, se encontraba desierto. “Pasa las doce, y esto parece una ciudad de muertos”, dijo. La música pesaba en sus oídos en esos momentos, pesaba en su ánimo, y sentía la sobrecarga de la noche, de la soledad, de la mierda que había acumulado como un capital sin transacción, y la pena de un amigo que no consintiera con sus besos y su amor sincero. Para cuando encendió el último cigarro de la cajetilla, pensó que estaba bastante ebria como para quedarse, expuesta al peligro de someterse al primer hombre repugnante que veía a su alrededor, como buitres esperando la expiración de una presa y dar cuenta de su carroña. Se levantó a golpes de la barra, se internó entre los grupos de parejas que en esos instantes bailaban con los cuerpos enardecidos por la excitación de la madrugada, y salió trastabillando en la puerta. Una voz de hombre la cogió del brazo y presionó sus carnes, con dureza. “¿Le pasa algo señorita?”, escuchó. “Vete a la mierda”, dijo. Asaltó un taxi en la Plaza Bogotá y se recostó en el asiento trasero. “A la avenida Chorrillos”, gritó. En el trayecto, miraba pasar las luces de la ciudad como un paseo de antorchas en el infierno de Santiago. “Ciudad de mierda, pensó, país de mierda, existencia de mierda”. Allí se quedó dormida. Había despertado hacía un rato, con el dolor horrible en la cabeza y el sabor pesado de ebriedades en la boca. El sol de la mañana en la ventana solo acentuaba su presión craneal. Le jodía la cabeza, el cuerpo, tenía sed, mucha sed, tanta como un moreno corredor de pistas en el Sahara. Maldita vida, porquería. Se cubrió con las sabanas completamente, y en la oscuridad, sintió más fuerte y aplastante el olor de su boca, la pesadez del ron, de la cajetilla de Winston, los besos del taxista. No recordaba después de que estuvo metida en el taxi como una maleta, dando tumbos. Vomitó, seguro, porque también estaba el sabor de comidas descompuestas en su dulce paladar cotidiano, ni tampoco recordaba cómo fue que subió las escaleras hasta su habitación, ni el reclamo de su madre de que no estaba bien lo que hacía, que lo hiciera por… ¿quién?, que cambiara, por el amor de Dios. Hoy era su cumpleaños dieciocho, un nuevo otoño a pasar, pero su vida estaba marcada por el dolor, la soledad, el arraigo hacia la depresión, el llanto y dolor constantes. Y no habría nadie quien estuviera a su lado ese día, ni quien la llamara para saludarla y expresarle el cariño que sentía por ella, y luego el protocolo de… “pásala bien, besos”. Empezó a llorar, a sentir un dolor en el estomago, y tuvo ganas de asumir una actitud suicida en el límite de un barranco. Cuando empezaba a levantarse, con la rabia de una determinación derrotista en la actitud, escuchó un llanto bajito, lindo, que provenía de su cama. Se volvió hacia ella, y advirtió recién el cuerpo pequeño, envuelta en ropitas y exaltada por el mal sueño. Lady se acercó a la criatura y la cargó en sus brazos delgados. Besó la frente pequeñita, dulce, de fragancias tiernas, y miró su rostro, la nariz de pajarito, los ojitos lagrimosos, y dijo: “Blanca, hija, discúlpame, chiquita, esta mamá contigo, para amarte siempre.” Y enseguida, dijo que era su mejor cumpleaños, el primero con ella. Y se recostó otra vez en la cama para entregarle el pecho. Lady se encontraba conmovida por el ser que necesitaba de su alimento, y de toda su existencia valiosa. Entonces, el sol de Santiago, el ruido de las gentes, la música de Gatica, y los paseantes bajo su ventana, le pareció menos aplastante, menos pesado, más optimista.



